lunes, 22 de agosto de 2011

Castillos de arena


Cerró los ojos para poder verlo...

...

Allí estaba él, siendo un niño de apenas 7 años, en aquella casa de barro con ni siquiera una habitación en condiciones. Sus cinco hermanos jugueteaban en el patio donde tendían ropajes y harapos, mientras su padre agarraba por el pelo a la madre en la cocina.

Escondido tras el marco de la puerta presenciaba cómo la forzaba apretándola contra la pared. Le levantaba la falda hasta los muslos y pese a colarse los llantos entre los dedos de la mano con la que le oprimía la boca, empujaba.

Tras colmarse de gozo, la lanzaba contra el suelo y rabioso salía al encuentro de sus hijos. Allí estaba el pequeño de los seis, esperando recibir el primer puñetazo. Y no pudo evitarlo. Salió tras la puerta y corrió. Su corazón latía con fuerza contra el pecho, la fatiga le golpeaba con crudeza. Quería huir, desaparecer, olvidar.

Hasta que la brisa azotó su cara. El mar ante él y en sus ojos reflejada la intensa libertad. Tenía hambre, llevaba unos días sin probar bocado. Pronto asomó aquel sonido tan poco familiar, pero que le hacía rugir el estómago, para a continuación dilatarle aquellas pupilas jubilosas de un niño que lo desea todo, pero no tiene nada. El choque de dos monedas.

Giro la cabeza. Un hombre canoso de ojos claros ocultaba su cabeza del sol con un turbante blanco. Junto a él una sombrilla, una pala, un rastrillo y un cubo de agua. Varias personas sonrientes, la mayoría turistas, se escondían tras unas montañas de arena para con admiración lanzar unas monedas a aquel trapo tendido en el suelo.

Como buen alfarero jubilado, aquel desconocido y amante de lo prohibido, dedicó los últimos días de su vida a hacer lo que siempre había querido: dar forma a lo imposible. Con el dedo le pidió al niño que se acercará. Y tan pronto como reconoció en él el dolor de una vida que no le pertenece le enseño a construir antojos de arena con sus manos, para invitarle a soñar con una vida mejor.

...

Y volviendo a abrir los ojos, observo a aquel hombre que se escondía tras castillos y dragones de arena en la playa de Ereaga (Getxo), queriendo preguntarle cuál sería su historia.

4 comentarios:

  1. Una historia preciosa!!!!! hoy me he levantado mas inspirado y la entiendo un poco mejor!!! ;-P

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  2. ¡qué bonito Patri!triste, pero precioso...es impresionante como sin vivirlo (afortunadamente), eres capaz de empatizar tanto... me encanta el título, me encanta la foto, no me encanta la historia, pero sí la forma de contarla, y sobre todo, me encanta la artista que le da vida ;) Si me permites, como dejas el final abierto (o al menos a mí me ha parecido ;) ), le daré uno bueno, uno de esos que salen bien, que a pesar de los inconvenientes, la fuerza interior de ese niño junto a las manos de ese anciano que le da vida, hace que vuelva a empezar de nuevo y a formar su propia vida, dejando atrás "el dolor de una vida que no le pertenece". Para mí, la historia no es real (aunque, por desgracia, pudiera serlo), se trata de vidas, historias que ese anciano va creando, y que con sus manos puede destruir y crear otra nueva... Al fin y al cabo, son castillos de arena.... como la vida misma!!! ;) Paranoias "Aitzi" a parte, me ha encantado la forma de narrar a historia, y sobre todo la interpretación que querías darle, aunque yo no la haya sabido entender ;)

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  3. El alfarero esta tendiendo un flashback, el niño es él!

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  4. Me encanta que cada uno haga su propia interpretación ;-)

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