miércoles, 29 de junio de 2011

La vida del mujeriego es muy difícil


Una fisgona de La otra mirilla nos ha hecho llegar a través de tuotramirilla@gmail.com el siguiente artículo de Rafael Euba publicado en el blog El psiquiatra inquisitivo de El Correo. Nos ha parecido tan curioso, que su pizca de humor nos ha empujado a querer compartirlo con vosotros. ¡A ver qué opináis!

El Don Juan de la ópera de Mozart había “amado” a mil y tres mujeres. Incluían éstas “…contesse, baronesse, marchesane, principesse…”, pero a Don Juan no le preocupaban mucho su clase social, forma, o edad (“…e v´han donne d’ogni grado, d’ogni forma, d’ogni età”). Así cualquiera. De hecho, a Don Juan le importaban un bledo cualquiera de sus características, lo que no es de extrañar cuando uno aspira a contar sus conquistas en millares. No se podría alcanzar un volumen satisfactorio si uno se pone quisquilloso: “…Non si picca se sia rica, se sia brutta, se sia bella…”. Es decir, que mientras tuviera rasgos más bien femeninos y estuviera más bien viva, Don Juan no le hacía ascos.

Parece ser por lo tanto que no sólo hace falta tener talento para poder comportarse como un conquistador en serie, sino que también hace falta tener ganas.

Giovanni Giacomo Casanova nació en Venecia a comienzos del Siglo XVIII. Era hijo de actores y parece ser que fue un niño muy despierto. A los dieciséis años ya tenía un título universitario de la Universidad de Padua. Tuvo muchas carreras diferentes durante su vida, y una tolerancia muy baja al aburrimiento. Fue hombre de Iglesia, diplomático, aventurero, espía, filósofo, alquimista, y funcionario. Pero a pesar de haber tenido tantas ocupaciones, trabajó muy poco. Se consiguió escapar de la famosa cárcel veneciana del palacio del Dogo, que al parecer era el equivalente en su día de Alcatraz. Se codeó con las personas más famosas de su tiempo, desde Benjamin Franklin a Mozart, pasando por Voltaire. Se le atribuyen, según diferentes autores, cantidades variables de amantes, pero se cuentan éstas en cualquier caso en centenares.

La imagen tradicional de Casanova es la del depredador sexual, un poco repulsivo para los gustos de hoy, con su cara empolvada y su peluca de bucles. Los retratos le muestran con una frente apaisada, boquita de piñón, y un poquito de papada, que tampoco ayudan mucho. Pero de cualquier manera, y a pesar de sus bucles y tirabuzones, nos imaginamos a Casanova como un psicópata sexual, peligroso y sin escrúpulos. Como el Tenorio, se ligaba a monjas, y como los personajes coetáneos de "Les Liaisons Dangereuses", se metía en apuestas y desafíos sexuales para así disipar el aburrimiento un poco. Pero resulta inevitable que las biografías modernas sientan la necesidad de adoptar un enfoque revisionista, según el cual el pobre Casanova era una persona muy sensible, que no tenía la culpa de que las mujeres, condesas, monjas, o niñas, se le echaran encima todo el rato. Hay que asumir que era él quien se les echaba encima a ellas, pero la calidad moral de Casanova en realidad es irrelevante. Lo que resulta interesante es reflexionar sobre si el estilo de vida de Casanova es una opción que pudiéramos considerar como un buen modelo para el hombre de hoy.

Las biografías de personajes que se lo pasaron tremendamente bien durante su vida, como Casanova, siempre acaban diciendo que estos personajes murieron solos y tristes. Uno se pregunta si quizá seamos nosotros quienes queramos creer que Casanova murió solo y triste, por la misma razón que nos gusta saber que las estrellas del cine son infelices en sus relaciones de pareja, o que tienen colon irritable.

Para llegar a ser un conquistador en serie hace falta tener ganas, mucho estómago, y muchísima dedicación, y además hace falta tener talento. Si uno es capaz de llevar este tipo de vida y hacerlo bien, quizá no sea un mal modelo a seguir. El problema principal es que no es nada fácil. Si intentamos ser como Casanova, lo probable es que en vez de trabajar de espías, o como filósofos, o alquimistas, seamos agentes de la propiedad, y en vez de “amar” a condesas y a ofuscadas monjas en peligrosas liaisons, liguemos de mala manera en un triste bar de copas de Móstoles. Y que en vez de conversar con Voltaire o con Benjamin Franklin, intercambiemos opiniones sobre el cambio del clima con una señora de piel ajada en ese bar de Móstoles. Y con el camarero, que no calla, el muy pesado.

Si Casanova y su modo de vida no nos resultan atractivos, no nos debemos preocupar demasiado sobre cómo conseguir no comportarnos como él. Seguramente el no ligar demasiado nos saldrá muy bien de manera bastante natural, y sin tener que pensarlo mucho.

Lo que los hombres necesitamos, de cualquier manera, es otra cosa. Necesitamos trascendernos y complementarnos, extendernos y ramificarnos, pero no a lo bestia y para demostrarnos a nosotros mismos que todavía podemos ligar, y no como un gesto o una mera pericia. La chica que nos parece levemente atractiva en un momento dado no va a ser nuestra, como dicen en las canciones, cuando (si hay suerte) acceda a un ratito de intimidad física. No se puede coleccionar gente como se coleccionan sellos. Sus ojos verdes y los hoyitos que le salen en la cara cuando sonríe seguirán siendo suyos, y se los llevará con ella cuando se vaya, dejándole a Casanova un poco aburrido y un poco vacío. Como tantas otras veces.

3 comentarios:

  1. Bonito artículo!! no debio de tener una vida sencilla, no!!

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  2. En fin... Creo que los mujeriegos de antes poco tiene que ver con los de ahora!!!

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