martes, 19 de abril de 2011

Vagón-Bar

Nuestro Tiempo, la revista cultural que me permite viajar al pasado. Parece ayer cuando tuve que leer por primera vez el libro de Paco Sancho Vagón-Bar. Y hoy, unos cuantos años después, disfruto con una sonrisa en los labios su última aportación desde la mesa de mi oficina. Espero que os guste tanto como a mi.



Luna retrasada

Escribo a primeros de febrero, en un sábado que amaneció frío y con una niebla pegajosa que se agarraba al mar, al asfalto y a las casas. Cuando el día viene así, para animarnos, decimos: “¡Esto levanta!” Sin comprobarlo en el periódico, fui a buscar a mi hermano y marchamos hacia la finca de un amigo.

La niebla se iba deshilachando por los bordes de la carretera y se replegaba poco a poco y en desorden hacia las cimas de los montes. Cuando llegamos, había un sol tibio y tímido, apocado. Pero pudimos percibir que la finca ya no olía a invierno: “Aunque la luna viene retrasada”, dijo nuestro amigo, “ya se siente la primavera: está todo explotando, escachando, como dicen aquí”. Una hilera de mimosas amarilleaba detrás de la casa, que hoy parecía más blanca, y en el patio, enfrente de las cuadras y un poco más allá de la fuente de piedra, que es también abrevadero, los magnolios ofrecían sus primeras flores blancas, recién abiertas. María, su mujer, cortó tres de pétalos todavía apretados. Dimos un paseo largo, con calorcillo al sol y frío en las sombras. Los muchos regatos de la finca bajaban con aguas abundantes, pero sin las prisas, los atropellos y murmullos de unos meses atrás.

Había tres caballos pastando hierba fresca en una zona pantanosa con las patas clavadas en la tierra hasta las rodillas. Avanzaban penosamente y con miedo. Mi amigo me hizo notar que arriesgaban porque les gustaba mucho aquella hierba. No estaba, sin embargo, otro que se quedó espetado en las brañas hace meses, hasta que lograron sacarlo con una manitú, casi exhausto, muchas horas después.

La mañana iba pasando y yo la controlaba desde mi teléfono móvil, como un necio: miraba la hora –mi amigo no usa reloj– y atendía mensajes. Ese día tenía muchos porque me había salido un poco mejor la columna que publico los sábados. De pronto, sin una razón especial, aquel teléfono empezó a inquietarme. Me veía como esos chavales que no saben estarse quietos, que pasan la vida –como tantos adultos– pendientes de los colorines de una pantalla que se renueva sin parar con ritmo de videoclip. Quizá por eso no había visto antes las ardillas: señalé una muy alborozado y mi amigo se extrañó: “Siempre hubo”, dijo en voz baja, casi avergonzada. Es muy amable, yo hubiera añadido: “Si no estuvieras tan pendiente de tu blackberry...”

Tomamos una cerveza debajo de un castaño de copa ancha, arropadora. Vinieron sus perros a frotarse contra nuestras piernas en busca de mimos. Hice una última operación con la blackberry y la arrumbé, de modo que percibí inmediatamente un nuevo olor primaveral, cuya procedencia empezamos a discutir. Luego pasamos a otras cosas de la semana, incluida una operación judicial contra unos alcaldes corruptos de la Costa da Morte. Los dos sabemos que los acusan de poco comparado con lo que se despacha en la zona, pero él contaba riéndose que el espectáculo que había montado el juez valía la pena, porque ahora andaban todos muy asustados, los imputados y los de otros lugares y administraciones, los corruptos y los corruptores. Fumamos un pitillo al sol, sin brisa ni prisa, sin frío. Nos dijo que el zorro se le había llevado tres gallinas. Ponderó mucho la astucia del raposo, que aprovechó un encierro ocasional de los perros. Mi hermano le preguntó cuántas gallinas le quedaban. Dijo que no sabía. Le daba igual. Pudimos advertir que eran cosa de su mujer, que a él, por alguna razón, le caían mal las gallinas.

La blackberry producía espasmos de vez en cuando, allí en una esquina de la mesa, para avisar de un nuevo correo electrónico o de un mensaje de Twitter. Parecía una terminal nerviosa amputada, innecesaria y fea.

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